Hace mucho tiempo que quiero poner esto por escrito, siempre lo he ido posponiendo, unas veces por falta de tiempo, otras por falta de inspiración, otras veces porque, simplemente, no se me ocurría como hacerlo. No estoy demasiado seguro de que esta vez vaya a salir mejor, pero me voy a atrever a hacerlo entre otras cosas porque fue algo que sucedió un día como mañana… pero de hace unos cuantos años. Sé que últimamente le doy muchas vueltas al asunto, pero son cosas como estas las que me están dando fuerzas en estos momentos de mi vida en los que me doy cuenta de que hubo unos cuantos momentos en los que tuve que tomar una bifrucación… y me metí por donde no debía.
Lo que quiero poner en negro sobre blanco se remonta al día 13 de junio de 1.994, un lunes para más señas; por aquel entonces yo vivía felizmente mi adolescencia en Santander y ese preciso día, como suelen empezar las cosas, en lunes, comenzaba el último verano perfecto de mi vida…
El 13 de junio de 1.994 yo tenía 16 años, no se habían producido aún, aunque eran inminentes, los importantes cambios en nuestras vidas que nos llevaron a estar comunicados con todo y con todos casi las 24 horas del día; entonces, aunque ya no nos acordemos, quedar con los amigos para hacer algo requería de un ejercicio de previsión y precisión de horarios y agendas que ahora, sólo una década después, nos parecería quizás impensable. Ni internet en casa, ni móviles, ni teníamos coche (obvio con nuestra edad), ni nada de nada…
Aquel lunes, a eso de las 12.00h, finalizaba el ultimo examen de 3º de B.U.P. sin ninguna duda sobre su resultado, lo mismo que los anteriores. Recuerdo perfectamente el día, recuerdo perfectamente el momento, de hecho lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo; aquel fue una de esas veces en la vida que sabes que algo está pasando y que te sirven de enlace, en tu memoria, con posteriores momentos de tu vida; es uno de esos recuerdos que te acompañan para siempre.
Cuánto ha cambiado mi vida en tan poco tiempo, mucho más de lo que podía imaginar en aquel tiempo, entonces tenía 16 años, era un buen deportista, mis estudios me planteaban tan pocas dificultades que no recuerdo haber estudiado más de media hora ningún examen de aquella época, tenía novia, tenía buenos amigos, vivía sin problemas ni preocupaciones… como casi cualquier chaval de esa edad, de todo eso lo único que conservo -y, ojo, no es poco- son los buenos amigos. Incluso teníamos el horario perfecto en el instituto: entrábamos a las 8.30h, salíamos a las 14.10h y teníamos 2 descansos de 20 minutos cada 2 clases, toda la tarde libre, todas las tardes libres. Se podría decir que, ahora que me he convertido en un tipo gris, triste y solitario, veo aquellos días de manera idealizada, pero en este caso no es así, no es así entre otras cosas porque en aquel entonces era consciente de que el viento soplaba de popa y de que podría cambiar en cualquier momento. De hecho era plénamente consciente de que ése era mi último verano perfecto.
Eran las 12 de la mañana, decía, acaba de entregar el último examen de ese curso y salía del instituto junto con un compañero que estaba en la misma situación que yo, faltaban 10 minutos para el segundo descanso, el patio estaba desierto, el día era un típico día de primavera en el norte de España -donde gozábamos del mejor clima del mundo- nublado, buena temperatura, brisa del nordeste… Íbamos a por el merecido bocadillo hacia el Davila's y fué salir del recinto del instituto, casi a la carrera, y estallar de júbilo, eufóricos, ambos sabíamos que no había más, que se había acabado, que lo único que nos quedaba era volver el viernes a recoger el libro de calificaciones y el sobre de matrícula… a partir de entonces tocaba disfrutar.
Y disfrutar de lo lindo, no teníamos los medios que tenemos ahora, muchas veces soñábamos con lo que podríamos hacer cuando tuvieramos coche, pero nos las apañábamos muy bien sin medios motrices.
Dense cuenta, comenzaba el día 13 de junio, un lunes de primavera, unas vacaciones de verano que se iban a extender desde mediados del mes de junio hasta la segunda semana del mes de octubre, ya en otoño cuando comenzase el siguiente curso. El último verano perfecto, el último en el que sólo nos teníamos que preocupar… de no preocuparnos, de pasarlo bien, de ir de fiesta, a los fuegos, a la hoguera de san Juan. El verano comenzaba cuando no había ni socorristas en las playas y terminaba cuando ya no hacía tiempo para tomar el sol; era un tiempo en el que llegaba el mes de Julio y ya llevabas más de 2 semanas de vacaciones; terminaba Julio y pensabas que todavía te quedaba todo Agosto y todo Septiembre, para hacer nada (sólo 2 años después pasé a terminar los éxamenes el 12 de julio -con "L"- y a comenzarlos el 2 de septiembre, mes y medio de parón).
La verdad, aquel verano pasaron muchas cosas, unas buenas y otras no tanto, como suele pasar cuando se tiene 16 años pero, en conjunto, se puede decir que aprovechamos bien, muy bien, el tiempo. Fue un verano en el que, por ejemplo, durante varios días embarcábamos en la primera lancha de la mañana hacia Somo y regresábamos en la última de la noche… buceamos, jugamos partidos de fútbol 7 de varias horas de duración, participamos en las 24 horas deportivas donde hicimos lo de siempre: pasarlo bien, hicimos rutas en bici, creo que, incluso, alguna andando… en resumen, lo pasamos de cine. Por última vez en nuestra vida de jóvenes disfrutamos de un verano completo de hacer nada de nada.
Ahora, cuando los veranos han pasado a formar parte de la sucesión de días desbocados en que se ha convertido mi vida, cuando las vacaciones hace tiempo que son 7 días que me permito descansar, cuando mi vida ni es, ni se parece a lo que siempre pensé que iba a ser. Ahora que hace 12 años ya del comienzo del último verano perfecto, me acuerdo de ese día y me voy a la cama con una sonrisa.
Gracias a los que lo vivisteis conmigo.